En Leinus están guardadas las semillas de todos los árboles que no fueron.
Nos va arrastrando al fin de la tarde. No hacemos nada para evitarlo.
Yo , sobre todo, porque Diana me dijo algo que convirtió a Leinus en lo próximo a perderse.
Él, porque mira una partida de ajedrez como si mirara adentro de sí mismo. Yo no puedo nunca saber qué es lo que está pensando en esos momentos en que sólo se toca la nariz o la boca y mira más allá de todos los que estamos. A veces pienso que es en esos momentos cuando él vuelve a la infancia de la que no habla. Pero eso es un poco el aire de Leinus, que siempre está metiéndonos adentro de un silencio que es como una infancia revisitada.
A mí me gustaría acariciarlo, lo hago. Decirle, hacerle saber que yo estoy ahí también, jugando a que puedo no estar, jugando a que tengo un mundo-Leinus que no es el de él.
A él le molesta esa caricia que lo devuelve al partido real, al contemporáneo. El tacto que lo arranca de no sé qué baldosas en qué patio y lo enfrenta a caras tan contingentes como un día lo será la mía.
Insisto. Un poco por egoísmo, otro porque creo asistir al ritual más simple y permanente de Leinus. Con un pie en el pasto siento al ritmo de la caricia, moverse las semillas, empezar a dejar la potencialidad con la fuerza del silencio. Hermanito mueve un peón. Me mira, nos mira. Sonríe.
Insisto. Un poco por egoísmo, otro porque creo asistir al ritual más simple y permanente de Leinus. Con un pie en el pasto siento al ritmo de la caricia, moverse las semillas, empezar a dejar la potencialidad con la fuerza del silencio. Hermanito mueve un peón. Me mira, nos mira. Sonríe.
Está desclazo: él también lo siente.
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